Alguna vez se ha preguntado ¿quién
necesita más de quién? ¿Sí un perro de
un hombre o un hombre de un perro?
Pregunta tonta pero de interesante contenido.
Siempre me llama la atención
cuando escucho decir a las personas que sienten pesar de su perro mascota, como
si nosotros los humanos fuéramos los salvadores del mundo y ellos fueran una
especie indefensa y expuesta per se.
Durante varios años tuve la
fortuna, con otro de mis colegas, de albergar en la primera guardería canina de
ese tipo en la región para esa época, ubicada en una zona campestre, a muchas mascotas que cuidábamos mientras sus
propietarios disfrutaban de sus vacaciones o hacían sus viajes familiares o de
negocios con la tranquilidad que su mascota estaba en manos profesionales.
Uno de los momentos más críticos
de esta labor se presentaba cuando las mascotas eran llevadas para dejarla por varios
días y ver el sufrimiento de sus propietarios.
Era algo traumático, el llanto y el nerviosismo por dejarlos “solos” era
su mayor dolor, insinuando uno que otro sentimiento de sentirse culpables por
esa ausencia de varios días. Las
recomendaciones para nosotros eran de muchas formas ilustradas, comentadas y
hasta exigidas documentalmente para que se siguieran al pie de la letra por
quienes las iban a cuidar.
Una vez realizadas las rutinas de
protocolo en el ingreso, llegaba el momento crucial donde el asistente de campo
llegaba para llevarse la mascota hacia el sitio inicial correspondiente y se
dejaba sentir en el propietario una visión de hombre malo en nuestro ayudante
porque se llevaba su pequeño ser de su lado y ya solo podría verlo solo hasta su
regreso. Era muy doloroso ver como un
ser humano, de las más variadas condiciones sociales, económicas o profesionales,
dejaba salir de su interior un desasosiego inmenso por pasar ese momento.
Una metodología de manejo que
llevábamos a cabo era que los perros se conducían a la parte trasera de la
casa, antes que sus propietarios se retiraran de las instalaciones, evitando así
que la mascota pudieran reconocer por donde había salido su amo después de
dejarlo con nosotros. Esto evitaba que
estuviera buscando la puerta de salida de manera constante y reducíamos en alta
proporción el estrés por la ansiedad de seguir su líder humano al igual que la
probabilidad de escape, que es uno de los temores cuando se presta este tipo de
servicio. Por lo tanto, nuestro proceder
acentuaba más ese traumático momento a la persona.
Surge la pregunta, ¿Para quién
era más traumático? ¿Para el perro, que quedaba “solo” o para el dueño, que lo “dejaba”
para poder cumplir sus compromisos familiares,
sociales o laborales de ese momento?.
Pero todo esto es menos complejo de lo que parece ser.
Una vez hubiesen salido los
propietarios la mascota era llevada a un corral de convivencia, adecuado conforme
al tamaño, raza y edad de la mascota, siendo introducida en el mismo por el asistente que la había retirado del
lado de su dueño minutos antes. El
procedimiento se hacía de esta forma para demostrar a los demás perros en el
corral que el recién ingresado era protegido por el alfa de manada que era,
precisamente, el ayudante de campo nuestro.
Una vez cumplida esta etapa los demás perros, conforme a un orden propio
de ellos, pasaban de uno o dos olfateando al nuevo integrante y era rápidamente
aceptado, integrándolo a los juegos y actividades independientes que tenían
como grupo libre. En adelante la mascota
simplemente “copiaba” lo que sus congéneres hacían y se habituaba a los tiempos
que teníamos determinados para alimentarse o retirarse a descansar por exceso
de sol o al final del día. Era increíble
ver como ningún perro asumía actitud triste porque su amo no estaba con el y
llegamos a decir que mientras su propietario lloraba de tristeza por dejarlo,
la mascota lloraba de alegría porque por esta vez se sentía libre
emocionalmente y disfrutaba de su verdadero “status” de perro y dejaba aparte
la etiqueta de mascota.
Y es que realmente, sin egoísmos
ni pensamientos humanos, la vida de mascota es de mucho sacrificio, aunque
prefiero llamar esta condición canina como un ofrecimiento de su libertad perruna
para aliviar las emociones contenidas del humano, transformándose en una
mascota. Alguna vez hemos pensado que un
perro libre en la calle tiene sus propias autorregulaciones de alimentación,
comportamiento y aún, inmunológicas, De
allí el dicho popular:”los perros de la
calle no se enferman, en cambio el de la casa, que tiene de todo, se enferma
muy fácil”. Los perros callejeros
deben existir, su condición libre y de exposición permanente al medio ambiente
los hace cumplir con la ley universal de selección natural, donde las especies deben
adaptarse a las nuevas condiciones para sobrevivir y mantenerse como tal. Estos peludos de la calle, al adquirir esa
resistencia a la modernidad y contaminación de su medio, cumpliendo la teoría del
centésimo mono, formando masa crítica, transmiten esa misma condición a cada
uno de los congéneres que viven en las casas y apartamentos humanos, donde cada
vez son más sensibles y débiles, menos resistentes a los “peligros” naturales
de especie. Genéticamente, Entre más se
acercan al ideal fenotípico, a los caprichos y gustos estéticos de los humanos,
más enfermedades y deformidades anatómicas se presentan en los animales de compañía,
tal el caso de la forma de la cabeza y número de dientes del Bull Terrier actual
con referencia al original, o los problemas de piel, patas y columna vertebral
de los Dachshund (salchichas), o los
problemas de los Pug o Carlinos, una raza extremadamente braquicéfala, de nariz
achatada, que le representa problemas de presión arterial alta, cardiopatías, disminución
en su capacidad de oxigenación y por
ende dificultad para respirar, problemas de piel en los pliegues y problemas
dentales, además que el enroscamiento de la cola, tan deseable en esta raza, es
en realidad un defecto genético y en casos extremos puede conducir a parálisis. Pero como estas podemos encontrar un gran número
de razas que tienes defectos muy delicados provocados por la endogamia o
endocría, en la búsqueda de una perfección humana en ellos.
Entonces, ¿quién necesita de quién?,
yo considero que es hora de aceptar que somos nosotros quienes necesitamos de
los animales para proyectar nuestras más internas emociones y reconocer en
ellas, las mascotas, esa capacidad que tienen de dejarnos ver nuestros
desequilibrios interiores que nos negamos reconocer o que simplemente no nos
permitimos ver y que si pudiéramos hacerlo evitaríamos que ellas se enfermaran
y nosotros viviríamos más equilibrados y con mejor salud mental y emocional,
que finalmente se traduciría a la salud física en cada uno de nosotros. Definitivamente nuestras mascotas son la proyección
de nuestras emociones- http://yosoyluisferc.blogspot.com.co/2011/05/en-las-mascotas-inscribimos-nuestras.html
-y como tal ofrecen su libertad de especie en beneficio nuestro, no los miremos
con pesar hagámoslo con agradecimiento y así honramos esa difícil misión de ser
nuestros amigos peludos.
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